LA PRIMAVERA DE “LOS QUE ESTÁN AUSENTES”

Giselle Lucía Navarro


Las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia, como escribiera Alejandra Pizarnik. ¿Para quién escribimos los poetas? ¿Qué nos reanima después de la noche, en el silencio más prístino del ser? ¿Son los recuerdos instancias manidas o semillas para edificar?    

Los libros que llegan a nuestras manos traen el olor de otras vidas, ajenas o conocidas, vidas que nos tocarán con el gesto del tiempo, en alguna reminiscencia que logre conciliar nuestra memoria. En este libro el poeta sabe bien del valor de los recuerdos, cada verso se hilvana como una búsqueda interminable de sí mismo. Las vivencias podrían ser espejismos, dardos al aire en busca de alguna respuesta intermitente. Es el lenguaje otra forma de izar contemplaciones. La palabra escrita y la palabra hablada en la raíz de nuestra comunicación humana. Es la poesía lo que se levanta del papel y se vuelve cotidiano, lo que reverbera sobre la piel hasta volverse acto. 

Con un verbo fluido, sencillo, coloquial, el verso de Adolfo Ramírez nos dialoga sobre esos amores, esos trinos crecientes de la juventud, una juventud que permanece siempre expectante. El amor, el desapego, la nostalgia, lo aprendido, lo que dejamos ir, el ser humano en sus estados de ánimo cambiantes, lo onírico, el método de la transformación en cada paso a la evolución, son algunas de las fibras temáticas que se suceden en este cuaderno, narrativas acopladas desde la oralidad, manteniendo ciertas asonancias y cadencias propias del verso improvisado, del verso arrojado al papel en su estado más puro.

Quedémonos con la lluvia, como dice el poeta, en los pasajes que reúnen estas páginas, habitados o no por su autor, pasajes que conservan la inocencia de las primeras impresiones y se instalan en nuestra mente como una secuencia de imágenes cinematográficas. No importan nomenclaturas, sitios, en algún lugar de la memoria hay unos viejos tenis colgados de un cable que nos incita al amor. Un cable sobre la fachada de un edificio en México o en Cuba, poco importan las localizaciones si la semilla es fértil. El hombre es siempre el mismo frente al sentimiento. Hay quien deja escapar poemas como si fuesen calcetines puestos al sol. Hay quien los deja crecer desde el segundo en que nos hizo temblar. Un poema en ese lugar y horario que Adolfo registra a modo de diario o genealogía espiritual. El poema en las huellas y los atisbos que le permitieron nacer.







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